El Audi R8 es uno de esos coches con los que cualquier conductor puede ir deprisa: su estabilidad es muy elevada y, con el control de estabilidad conectado, no tiene reacciones bruscas que pongan en apuros al conductor.
Eso sí, una cosa es ir deprisa y otra cosas muy distinta sacar verdadero provecho de un coche de semejantes cualidades dinámicas. En un deportivo de este tipo las situaciones de conducción se suceden con mucha rapidez; tanta, que al conductor se le puede amontonar el trabajo, lo que favorece que se puede cometer un error.
A diferencia del Porsche 911, en el Audi R8 basta con indicar con el volante la trayectoria a seguir para conducirlo, porque sigue las instrucciones con sorprendente facilidad; un 911 requiere por parte del conductor más confianza en sus acciones porque la carrocería tiene movimientos extraños, sobre todo en curvas rápidas y con el asfalto bacheado.
Con la suspensión opcional electromagnética que ofrece Audi, el R8 no nos ha parecido un coche incómodo para tratarse de un deportivo de este tipo. El modo «Sport» sólo nos parece útil para circular muy deprisa por carreteras muy bien asfaltadas o en circuito.
El R8 tiene un sistema de tracción total diferente al del resto de los coches de Audi porque las ruedas delanteras apenas hacen fuerza. Por sus reacciones, el R8 es algo intermedio entre un coche de tracción total y uno de tracción trasera.
El cambio R-tronic nos parece mejorable, sobre todo si se compara con los cambios automáticos de otros deportivos (como el PDK de Porsche, el DKG de BMW o el SST del Mitusbishi Lancer Evolution.
Su principal inconveniente tiene que ver con la interrupción de la aceleración mientras hace el cambio de relación. Además, el cambio no siempre selecciona la marcha más adecuada y tiende a engranar otra marcha cuando estamos acelerando al salir de una curva con el coche apoyado; la propia brusquedad del cambio llega a alterar ligeramente la trayectoria.
miércoles diciembre 24
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