Las plazas delanteras tienen unos buenos asientos y multitud de huecos para depositar objetos. Son especialmente cómodos los que hay en los tiradores de cada puerta, donde se puede dejar el mando a distancia de un garaje o el teléfono móvil, por ejemplo.
El Bravo ya no es un coche tan amplio como lo era el Stilo. Eso se nota en las plazas traseras, aunque es mucho más espacioso que un Renault Mégane. Es un ahorro excesivo que Fiat haya puesto en opción en todas las versiones en reposacabezas de la plaza central trasera.
El maletero tiene un volumen relativamente grande (400 l) y con formas que lo hacen aprovechable, pero el borde de carga está alto (es decir, para introducir objetos en él, hay que salvar un escalón muy alto).
Lo más incómodo de la carrocería del Bravo es la visibilidad en sentido transversal. Los montantes del parabrisas son especialmente gruesos y se ve poco en curvas muy cerradas de montaña, o en maniobras en ciudad. Alguien que se baje de un Bravo y se monte en un Volkswagen Golf (por ejemplo), verá claramente las diferencias. Es peor aún la visibilidad en tres cuartos trasero: salir de un aparcamiento en batería marcha atrás se puede convertir en una maniobra difícil.
El interior del Bravo tiene en general materiales de recubrimiento con un tratamiento bueno, que dan sensación de calidad; sin embargo hay otros que no destacan especialmente, como por ejemplo el tapizado del techo, que por algunos lugares no está perfectamente unido a la carrocería.
jueves julio 10
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