El Volvo C30 T5 es muy confortable y descansado de conducir durante muchos kilómetros seguidos. Sea al ritmo que sea, se puede viajar relajado a un ritmo tranquilo o ir más deprisa, pero siempre con muy poco ruido en el interior.
Si el Volvo no es más cómodo es porque las irregularidades del suelo se sienten mucho en el interior. En parte se debe a las ruedas que tenía nuestra unidad de pruebas: las opcionales de 18”. Las ruedas que tiene de serie (de 16”) pueden ser menos espectaculares, pero tienen ventajas claras desde le punto de vista del confort y del precio de reposición.
Lo que no tiene el C30 es la agilidad en carreteras retorcidas de un Volkswagen Golf GTI, un BMW 130i o un Audi S3, que –dentro de los coches de este tipo– son las referencias por carácter deportivo. Por decirlo de alguna manera, el C30 responde más a la idea de coche de carácter tranquilo.
El motor tiene un tacto delicioso, en cualquier tipo de utilización. Da igual si se pisa el acelerador a 2.000 o a 6.000 rpm, porque siempre tiene una respuesta contundente. La capacidad de aceleración con este motor es muy grande; de hecho, lo normal es no tener que llevarlo hasta su límite para resolver con éxito de las condiciones apuradas que se pueden dar en la conducción cotidiana.
Lo malo que tiene esta versión es que falla por su rendimiento. Para viajar a ritmos legales o poco más, por autopista, los 9 l/100 km están casi asegurados, y eso supone ir prácticamente a punta de gas. Cuando se apuran las marchas, y se pisa el acelerador a fondo, el consumo se eleva considerablemente.
No obstante, cabe decir que dentro de los coches de tamaño compacto y motor potente, este C30 no es el que más gasta; de hecho, el Ford Focus ST, o el Opel Astra OPC o el Audi A3 con el motor 3.2 de 250 CV también tienen un consumo alto. Todos ellos están algo lejos del rendimiento de un BMW 130i, con el que se puede viajar a un rimo suave gastando claramente menos combustible que con cualquiera de los anteriores.