El motor 2.0 de gasolina destaca por su suavidad de marcha y por su baja sonoridad. El motor solo se deja sentir en regimenes altos y en situaciones de mucha carga de acelerador. El ruido, en estas circunstancias, no resulta molesto al oído, tiene un sonido que recuerda a otros modelos deportivos.
El motor responde muy bien al acelerador, a partir de 2.500 revoluciones sube con solvencia, suavidad y de manera progresiva hasta más de 6.000 vueltas; por debajo de 2.500 muestra dificultad al subir de régimen.
Es un motor que no impresiona por sus prestaciones y sí por una cierta falta de carácter. No obstante, resulta suficiente en recuperación en cuarta marcha y en aceleración, siempre que usemos la palanca de cambios para engranar la marcha más corta posible. Esto no supone demasiado inconveniente, ya que el cambio tiene un manejo muy preciso, con un cierto tacto duro.
El tener que echar mano de la palanca de cambios más de la cuenta, incide negativamente en el consumo: en un recorrido por ciudad, montaña y autovía, a velocidad legal, ha sobrepasado los 10 litros a los 100 kms.
Si conducimos muy rápido por carreteras con curvas lentas, podemos echar de menos una suspensión con un reglaje un poco más duro, ya que se observan algunos movimientos secos de la carrocería. Aunque la suspensión de serie del Focus Ghia tiene un reglaje duro, sería conveniente, por el motivo explicado, que tuviera disponible, como opción, una suspensión deportiva de reglaje más duro, por ejemplo, la que el Focus Sport tiene de serie. No obstante, la orientación comercial de este coche no es la de un cliente que busque sensaciones fuertes al volante.
La frenada es muy buena, aunque el tacto del pedal de freno no es bueno, tiene un incómodo recorrido muerto inicial.